De cumpleaños quería ir a este restaurante que ya se estaba tornando en leyenda porque la gente de los alrededores hablan de él como quien relata un mito: "hay un casa en barichara donde sirven platos hechos con hormiga" oí la primera vez, en otra ocasión escuché que "pertenece a Belisario Betancur, que puso un hotel y tiene su restaurante" a la tercera me contaron de un lugar en Barichara que sirve cabrito en salsa de hormiga.
Todo mito está basado en alguna realidad así que armado de paciencia me dediqué a investigar de dónde provenían estos comentarios, de gente que nunca por supuesto había ido. No fue difícil hallarlo en internet y con la información conseguida me dirigí a Barichara, ese hermoso pueblo colonial que no tiene nada que envidiarle a Villa de Leyva. Una vez en el lugar me enteré de que se habían cambiado a una vereda en medio del campo...
Después de meditarlo unos 5 segundos decidí que ya entrado en gastos no perdía nada en tratar de encontrarlo, pues me dieron indicaciones y, afortunadamente, la tarjeta del propietario. Lo llamé y le pedí indicaciones aunque guardaba pocas esperanzas porque ya eran las 4 de la tarde. Después de una breve desorientación y un camino sin pavimentar llegué a este lindo restaurante, que está en medio del campo pero cuya vista permite apreciar parte de Barichara.
Tiene una linda arquitectura y me imagino que la idea de trasladarlo hasta acá pretende darle un toque casi mágico. Espero haya sido buena idea pues encontrarlo aún no es fácil.
Nos recibieron bastante bien y es agradable ver que se esmeran por el cliente. La carta del día no tenía casi opciones, asi que no puedo juzgar aún la variedad. De entrada y con hambre todo sabe bien; me pareció delicioso el pan con mantequilla y un antipasto a base de cebada, apenas para abrir el apetito.
En seguida llegó mi carne en la prometida salsa de hormigas. Debo decir que el aspecto puede resultar apetitoso para unos y para otros no, pues en la mente está presente (por lo menos en la mía) que un insecto en la comida es un accidente más que otra cosa. Sin embargo ya me había atrevido a comer estas hormiguitas en un viaje anterior y descubrí su rico sabor así que el impacto no fue tan grande. Digo esto porque he mostrado la foto y hay gente con reacción negativa.
Como fotógrafo reconozco que es difícil hacer ver apetitosa una carne con hormigas culonas encima... por alguna razón algo opone resistencia visualmente.
Pero, y es un gran pero, su sabor junto con la carne me resultó sumamente agradable, la salsa en gustosa, no tan espesa como la imaginaba y las hormigas van deliciosamente tostadas, dándole una textura interesante al bocado. La carne estaba en buen punto, se nota que saben prepararla. Como complemento sirven una sencilla ensalada y arroz que se moja en la salsa restante y así puede uno dejar el plato limpio si quiere.
Para este plato creo que vendría mejor un vino que una cerveza, pero en el momento no los ofrecían.
De postre había platanito con helado de uchuva, buen remate para una carne que sorprende y que recomiendo a los que les guste probar cosas nuevas. Y claro, espresso, que estaba rico y es el primero que me ofrecen en Santander.
Vale la pena el esfuerzo de buscar el restaurante? mi SI es rotundo, el lugar, la vista, el clima y la comida se conjugan bien y uno sale contento de allí.
Si están por la zona no olviden visitar otros restaurantes de la Ruta Comunera.
Trabajando en el centro de Bogotá surge la pregunta como cinco veces a la semana; y tiene muchas deliciosas respuestas...
Mostrando entradas con la etiqueta internacional. Mostrar todas las entradas
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sábado, 30 de junio de 2012
jueves, 19 de mayo de 2011
El Toro Manso
Pedir carnes en Bogotá ha dejado de ser frustrante, sobretodo después de probarlas en Argentina donde aprende uno lo que en verdad es la carne: tierna, jugosa, con la grasa distribuida para que desarrolle todo su sabor.
Caminando por la octava, antes de llegar al retén que esta carrera tiene para evitar el paso de vehículos por la Casa de Nariño, vi este discreto restaurante, con fotos que anuncian cortes clásicos argentinos.
Siempre he pensado que alrededor del Congreso y de Presidencia deben existir buenos restaurantes carnívoros porque en algún lado deben almorzar los honorables funcionarios con sus exorbitantes sueldos. Y no me equivoco: tenemos Patagonia, Via Buenos Aires (antes Café de Buenos Aires), Mi Viejo, Rescoldos y otros que ya reseñaré en su momento.
Del Toro Manso debo decir que tiene un ambiente agradable, porque además de restaurante está pensado como galería, así que los cuadros que se observan son en su mayoría originales (hay incluso un Manzur pero no lo identifiqué). La casa en la que funciona, restaurada pero conservando elementos originales, contribuye enormemente a darle un sentido de originalidad.
El menú es considerablemente más variado que en los otros restaurantes clásicos argentinos. Ofrecen cortes tanto internacionales (Angus) como nacionales. Yo me fui por una punta de anca nacional termino medio, que estaba jugosa y su carne tierna (aunque no tanto como debería ser).
La foto sin flash no le hace honor al corte que en realidad era más bonito de lo que aparece
Para acompañarla elegí el puré de papas, que estaba bien preparado y para acompañar todo una helada cerveza, pan y rico chimichurri, el cual me sorprendió gratamente porque si bien hemos mejorado en carnes, no lo hemos hecho en chimichurri.
No era un día para postre y café, así que la reseña queda incompleta, pero me atrevo a augurar que no decepcionan.
Con tanta competencia me pregunto cuánto tiempo permanecerán, sin embargo su estratégica localización le da cierta ventaja y es común ver que es bastante frecuentado. Los precios en promedio superan los $30.000 por plato, lo que convierten esta opción en el lugar ideal para un almuerzo formal, casi a la sombra de los centros de poder en la capital.
domingo, 8 de mayo de 2011
14 Inkas
En la universidad tenía un amigo que hablaba de su novia y los restaurantes a los que lo invitaba. Era una época en la que tenía que ahorrar para ir a Crepes y Waffles. El nos contaba que iban a restaurantes donde la comida era muy rica pero servían tan poca que le tocaba rematar con un perro caliente más tarde.
Para mi esa leyenda de restaurantes que sirven muy poco era eso, leyenda. Pensé que tal vez pedían entradas y por eso terminaban con hambre e irse de entradas es una opción válida sobretodo en la noche que para dormir bien toca no comer tanto.
Eso fue hasta que conocí 14 Inkas. Fui a almorzar a este restaurante peruano, que hace parte de esa enorme (y deliciosa) expansión que ha tenido este tipo de comida en Bogotá. Tiene un diseño muy bonito y el ambiente resulta agradable desde que uno entra.
Para empezar pedimos jugos con un toque de pisco que estaban muy ricos, aunque yo pedí el Pisco Sour, una tradición que tengo con estos restaurantes como les contaré en otras reseñas y que estaba delicioso y entonador (pero va ganando el de Astrid y Gastón).
De entrada pedimos los dos piqueos mixtos, que consiste cada uno en cuatro selecciones de entrada, normalmente ceviches y que estaban buenísimos.
El vaso de jugo con toque de pisco, un imperdible y en primer plano los piqueos.
De plato fuerte pedí el famoso Ají de Gallina, sobre el cual mucha gente tiene reservas porque la gallina en Colombia suele ser un plato apto para dientes poderosos por lo dura; obviamente no es lo que uno esperaría en un restaurante de categoría y debo admitir que estaba tan rica que me la terminé en pocos minutos.
Pocos minutos porque desafortunadamente es muy pequeña. Para ser plato fuerte me parece que le podrían mejorar el tamaño. No fui el único que se sintió comiendo una entrada.
Otro ganador sin duda fue el ceviche (o cebiche) tradicional, que si bien aparece como entrada es posible pedirlo como plato fuerte.
Como el día era joven y el grupo grande decidimos que el postre y el café lo tomaríamos en otra parte, por lo que les debo la reseña respectiva pero si vuelvo lo actualizaré. En promedio el plato es a $25.000 lo que suena poco costoso comparado con Astrid y Gastón o la misma 80 Sillas. Eso si, de volver sería en la noche porque a pesar de lo delicioso los platos le dejan a uno las ganas de más.
Para mi esa leyenda de restaurantes que sirven muy poco era eso, leyenda. Pensé que tal vez pedían entradas y por eso terminaban con hambre e irse de entradas es una opción válida sobretodo en la noche que para dormir bien toca no comer tanto.
Eso fue hasta que conocí 14 Inkas. Fui a almorzar a este restaurante peruano, que hace parte de esa enorme (y deliciosa) expansión que ha tenido este tipo de comida en Bogotá. Tiene un diseño muy bonito y el ambiente resulta agradable desde que uno entra.
Para empezar pedimos jugos con un toque de pisco que estaban muy ricos, aunque yo pedí el Pisco Sour, una tradición que tengo con estos restaurantes como les contaré en otras reseñas y que estaba delicioso y entonador (pero va ganando el de Astrid y Gastón).
De entrada pedimos los dos piqueos mixtos, que consiste cada uno en cuatro selecciones de entrada, normalmente ceviches y que estaban buenísimos.
El vaso de jugo con toque de pisco, un imperdible y en primer plano los piqueos.
De plato fuerte pedí el famoso Ají de Gallina, sobre el cual mucha gente tiene reservas porque la gallina en Colombia suele ser un plato apto para dientes poderosos por lo dura; obviamente no es lo que uno esperaría en un restaurante de categoría y debo admitir que estaba tan rica que me la terminé en pocos minutos.
Pocos minutos porque desafortunadamente es muy pequeña. Para ser plato fuerte me parece que le podrían mejorar el tamaño. No fui el único que se sintió comiendo una entrada.
Otro ganador sin duda fue el ceviche (o cebiche) tradicional, que si bien aparece como entrada es posible pedirlo como plato fuerte.
Como el día era joven y el grupo grande decidimos que el postre y el café lo tomaríamos en otra parte, por lo que les debo la reseña respectiva pero si vuelvo lo actualizaré. En promedio el plato es a $25.000 lo que suena poco costoso comparado con Astrid y Gastón o la misma 80 Sillas. Eso si, de volver sería en la noche porque a pesar de lo delicioso los platos le dejan a uno las ganas de más.
sábado, 30 de abril de 2011
Archie's es mucho más que pizza
La pizza; nada mejor para acompañar una cerveza o para pedir un domicilio un día que no se quiere salir de casa. Como les conté respecto a Karen's y 1969 la pizza es un plato que se ha venido sofisticando con el tiempo y de ser comida rápida ahora es también gourmet.
Tal vez la pizzeria que más frecuento es Archie's (pizzeria es un decir porque realmente son trattoria), que tiene varias sedes en Bogotá y viene a ser algo así como la opción número 2 cuando Crepes y Waffles es la primera en términos de popularidad.
Mi favorita: la Archie's que es de carnes
Sus pizzas siempre están bien hechas lo cual es a veces un poco desafortunado porque los demás platos de la carta terminan relegados, así que me dí a la noble tarea de descubrir qué más ofrece ese menú.
Descubrí por ejemplo que la sopa de tomate es sabrosa, con croutones y un poco de crema de leche para balancear la acidez. Y las pastas suelen ser deliciosas aunque si debo anotar que no son tan recargadas como uno quisiera.
Escalopines. Deliciosos hasta el último bocado.
Si hay algo muy característico de Archie's y que nunca paso por alto es esa entrada de cortesía que consiste en un pan, muy rico por cierto, acompañado de aceite de oliva y balsámico y que abre tan bien el apetito.
Otra cosa que nunca olvido es pedir el aceite picante de la casa, que incluso venden para llevar. Me gusta porque a diferencia de los picantes tradicionales, éste tiene efecto retardado permitiendo saborear la pizza y picarse a dos tiempos, raro no?
Finalmente están los postres, de los cuales me gusta el chocoflan, muy parecido al de Watakushi pero este último es mejor.
El espresso lo hacen con café Juan Valdéz, sabe bien pero no entra en mi lista de los mejores de Bogotá.
Así que si está desprogramado y no quiere ir otra vez a Crepes, Archie's es una buena alternativa. Sus precios son más altos que los de 1969 (promedio $18.000), pero su calidad es mucho mejor. Eso si, no espere rellenarse, los platos tienen el tamaño justo para quitar el hambre no para salir rodando.
Tal vez la pizzeria que más frecuento es Archie's (pizzeria es un decir porque realmente son trattoria), que tiene varias sedes en Bogotá y viene a ser algo así como la opción número 2 cuando Crepes y Waffles es la primera en términos de popularidad.
Mi favorita: la Archie's que es de carnes
Sus pizzas siempre están bien hechas lo cual es a veces un poco desafortunado porque los demás platos de la carta terminan relegados, así que me dí a la noble tarea de descubrir qué más ofrece ese menú.
Descubrí por ejemplo que la sopa de tomate es sabrosa, con croutones y un poco de crema de leche para balancear la acidez. Y las pastas suelen ser deliciosas aunque si debo anotar que no son tan recargadas como uno quisiera.
Escalopines. Deliciosos hasta el último bocado.
Si hay algo muy característico de Archie's y que nunca paso por alto es esa entrada de cortesía que consiste en un pan, muy rico por cierto, acompañado de aceite de oliva y balsámico y que abre tan bien el apetito.
Otra cosa que nunca olvido es pedir el aceite picante de la casa, que incluso venden para llevar. Me gusta porque a diferencia de los picantes tradicionales, éste tiene efecto retardado permitiendo saborear la pizza y picarse a dos tiempos, raro no?
Finalmente están los postres, de los cuales me gusta el chocoflan, muy parecido al de Watakushi pero este último es mejor.
El espresso lo hacen con café Juan Valdéz, sabe bien pero no entra en mi lista de los mejores de Bogotá.
Así que si está desprogramado y no quiere ir otra vez a Crepes, Archie's es una buena alternativa. Sus precios son más altos que los de 1969 (promedio $18.000), pero su calidad es mucho mejor. Eso si, no espere rellenarse, los platos tienen el tamaño justo para quitar el hambre no para salir rodando.
sábado, 23 de abril de 2011
Crêperíe Le Bonaparte - A la caza del pato 3
Ya me había llamado la atención este restaurante cuando quedaba sobre la Jimenez pero lo trasladaron y le perdí el rastro hasta que me topé con él justo al lado de la Plaza de Bolívar.
Es atendido por su chef, Jacky Pinaut y desde que uno se sienta la atmósfera resulta agradable, me recuerda los cafés de París uh lá lá. Pero en serio, es bonito por dentro y me trajo realmente buenos recuerdos de la ciudad luz, con su decoración tan francesa que fácilmente narra uno la historia de ese país con mirar los cuadros.
Su carta es amplia y variada y tienen un plato especial que será mencionado por el chef mientras le queden y tuvimos la fortuna de que fuera el pato la selección del día pues no me lo esperaba acá y en la carta no aparece. Yo me pedí lo más francés que pude encontrar, un chateaubriand bordelaise y mientras esperábamos decidimos probar el paté de la casa, que estaba buenísimo.
Una vez consumido llegaron los platos fuertes; el mio estaba muy apetitoso y la salsa bordelesa le quedaba tan bien que me extraña no haber lamido el plato. Bueno, para eso es el pan.
El pato también estaba delicioso, como ya he explicado acá y acá, ese sabor es ganador y en Le Bonaparte no fue la excepción. Los platos venían acompañados con vegetales los cuales más que nada fueron los que me rememoraron París.
Para el postre pedimos crêpe suzette, el cual ya describí en otro post y aunque no era tan espectacular como el de Les Halles si estaba bien rico; lo flamean en la mesa y le hace honor al restaurante pues si pone en grandes letras crêperíe es por algo. El dulce sabor estaba apenas para el espresso, el cual me dejó gratamente sorprendido y entra en la lista de los mejores espressos de Bogotá.
No se aprecia bien pero está ardiendo en las deliciosas llamas del Gran Marnier
Por sus características es un restaurante al que vale la pena invitar a alguien y salir bien parado, tanto en atención como en sabores y los precios apropiados para su categoría (plato promedio a $28.000). Me pareció perfecto para viernes y otra excelente opción para evidenciar que el centro tiene mucho por mostrar aún.
Es atendido por su chef, Jacky Pinaut y desde que uno se sienta la atmósfera resulta agradable, me recuerda los cafés de París uh lá lá. Pero en serio, es bonito por dentro y me trajo realmente buenos recuerdos de la ciudad luz, con su decoración tan francesa que fácilmente narra uno la historia de ese país con mirar los cuadros.
Su carta es amplia y variada y tienen un plato especial que será mencionado por el chef mientras le queden y tuvimos la fortuna de que fuera el pato la selección del día pues no me lo esperaba acá y en la carta no aparece. Yo me pedí lo más francés que pude encontrar, un chateaubriand bordelaise y mientras esperábamos decidimos probar el paté de la casa, que estaba buenísimo.
Una vez consumido llegaron los platos fuertes; el mio estaba muy apetitoso y la salsa bordelesa le quedaba tan bien que me extraña no haber lamido el plato. Bueno, para eso es el pan.
El pato también estaba delicioso, como ya he explicado acá y acá, ese sabor es ganador y en Le Bonaparte no fue la excepción. Los platos venían acompañados con vegetales los cuales más que nada fueron los que me rememoraron París.
Para el postre pedimos crêpe suzette, el cual ya describí en otro post y aunque no era tan espectacular como el de Les Halles si estaba bien rico; lo flamean en la mesa y le hace honor al restaurante pues si pone en grandes letras crêperíe es por algo. El dulce sabor estaba apenas para el espresso, el cual me dejó gratamente sorprendido y entra en la lista de los mejores espressos de Bogotá.
No se aprecia bien pero está ardiendo en las deliciosas llamas del Gran Marnier
Por sus características es un restaurante al que vale la pena invitar a alguien y salir bien parado, tanto en atención como en sabores y los precios apropiados para su categoría (plato promedio a $28.000). Me pareció perfecto para viernes y otra excelente opción para evidenciar que el centro tiene mucho por mostrar aún.
sábado, 9 de abril de 2011
7.16 - A la caza de la carne de Kobe 1
Con los restaurantes "caros" siempre he encontrado relaciones de amor/odio. La gente que va y no salen las cosas como las piden no vuelve y hay gente que le va tan bien que se vuelven defensores a ultranza. A mi me gusta en este caso el terreno medio, le doy 2 o 3 oportunidades al mismo restaurante si me lo han recomendado y antes de recomendarlo prefiero haberlo visitado un par de veces.
Por eso no voy a recomendar ir a 7 16, porque solo he ido una vez, sin embargo si quiero destacar que soy de los que les fue bien visitándolo y prefiero hablar de él con los sabores aún frescos.
Encontramos este restaurante por casualidad porque íbamos para La Mar, también en Usaquén, y estaba repleto. No que fuera desconocido; mi hermana se emocionó al ver el discreto nombre en la puerta porque le habían hablado de 7 16 y tenía ganas de probarlo, como cada vez que viene y nos damos nuestro paseo gastronómico de rigor.
Su entrada aparece sencilla y sin embargo adentro la decoración y el ambiente fueron suficientes para antojarnos. Pedimos una botella de vino rosado que no fue la maravilla pero tampoco estaba malo.
Cumplidamente a los 15 minutos nos sentaron a la mesa y para empezar pedimos alcachofas a la parrilla y pulpo de entrada. Estaban deliciosos, aunque uno no sabe bien manejar eso de la alcachofa.
Mirando el menú me encontré con una sorpresa... tienen cortes de Kobe! Este plato, que es uno de los más comentados en los ambientes gastronómicos es tal vez una de las carnes más famosa del mundo. Como el caviar, muchos hablan de ella pero pocos los que la han probado y con razón, su precio suele ser alto porque a estas terneras japonesas las masajean y hasta les dan cerveza como alimento.
Con ganas pedimos la dichosa carne solo para enterarnos de que estaba agotada. Así que ya quedará para una próxima reseña porque prometo volver. Menos mal ya había pensado en el plan B y este era la punta de Anca argentina, la cual me pareció bastante generosa, jugosa... y deliciosa, termino medio perfecto como me gusta.
Para acompañar que tal un cremoso puré de papa criollas con trufa y ensalada?
Simplemente sabroso, pero cosa rara, me pudo el plato y tocó pedir cajita para llevar. (No, a mi no me da pena y menos con ese precio).
Para finalizar, entre los postres nos fuimos por el de pan, que estaba delicioso y me recordó mucho la torta de almojábana de Club Colombia.
Y claro, no puede faltar la búsqueda del espresso perfecto, esta vez de la casa Illy y que estaba rico contrastando perfectamente el sabor dulce del postre.
Actualizaré esta entrada cuando pruebe la bendita carne de Kobe y solo hasta entonces diré si recomiendo ir. Pero no por eso se lo vayan a perder. Salimos contentos de allí y en el rostro de los demás comensales me quedó la impresión de que estaban igual de contentos que yo.
Update: Volví y la carne sigue igual de deliciosa, mmm. Nada que le hago al Kobe pero ya vendrá la oportunidad.
Por eso no voy a recomendar ir a 7 16, porque solo he ido una vez, sin embargo si quiero destacar que soy de los que les fue bien visitándolo y prefiero hablar de él con los sabores aún frescos.
Encontramos este restaurante por casualidad porque íbamos para La Mar, también en Usaquén, y estaba repleto. No que fuera desconocido; mi hermana se emocionó al ver el discreto nombre en la puerta porque le habían hablado de 7 16 y tenía ganas de probarlo, como cada vez que viene y nos damos nuestro paseo gastronómico de rigor.
Su entrada aparece sencilla y sin embargo adentro la decoración y el ambiente fueron suficientes para antojarnos. Pedimos una botella de vino rosado que no fue la maravilla pero tampoco estaba malo.
Cumplidamente a los 15 minutos nos sentaron a la mesa y para empezar pedimos alcachofas a la parrilla y pulpo de entrada. Estaban deliciosos, aunque uno no sabe bien manejar eso de la alcachofa.
Mirando el menú me encontré con una sorpresa... tienen cortes de Kobe! Este plato, que es uno de los más comentados en los ambientes gastronómicos es tal vez una de las carnes más famosa del mundo. Como el caviar, muchos hablan de ella pero pocos los que la han probado y con razón, su precio suele ser alto porque a estas terneras japonesas las masajean y hasta les dan cerveza como alimento.
Con ganas pedimos la dichosa carne solo para enterarnos de que estaba agotada. Así que ya quedará para una próxima reseña porque prometo volver. Menos mal ya había pensado en el plan B y este era la punta de Anca argentina, la cual me pareció bastante generosa, jugosa... y deliciosa, termino medio perfecto como me gusta.
Para acompañar que tal un cremoso puré de papa criollas con trufa y ensalada?
Simplemente sabroso, pero cosa rara, me pudo el plato y tocó pedir cajita para llevar. (No, a mi no me da pena y menos con ese precio).
Para finalizar, entre los postres nos fuimos por el de pan, que estaba delicioso y me recordó mucho la torta de almojábana de Club Colombia.
Y claro, no puede faltar la búsqueda del espresso perfecto, esta vez de la casa Illy y que estaba rico contrastando perfectamente el sabor dulce del postre.
Actualizaré esta entrada cuando pruebe la bendita carne de Kobe y solo hasta entonces diré si recomiendo ir. Pero no por eso se lo vayan a perder. Salimos contentos de allí y en el rostro de los demás comensales me quedó la impresión de que estaban igual de contentos que yo.
Update: Volví y la carne sigue igual de deliciosa, mmm. Nada que le hago al Kobe pero ya vendrá la oportunidad.
sábado, 26 de marzo de 2011
La Tartine
Hay en la Candelaria un restaurante que solo abre sus puertas en la noche. Esto me parece curioso, lo he visto en otros países pero no pensé que ocurriera en Colombia.
De día pasa desapercibido, una puerta de lata como la tienen la mayoría de negocios por el centro y un letrero que apenas incita curiosidad pero es fácilmente pasado por alto.
En la noche la cosa cambia y ya se ve mucho más interesante, desde afuera parece que adentro está caliente y confortable.
Es un restaurante francés, que se especializa en hacer tartines que son básicamente preparaciones sobre una lonja de pan, a manera de sándwich abierto.
Ahora bien, la palabra sándwich puede sonar a que sirven comida rápida, pero nada más lejos de la verdad. Lo que ponen sobre el pan suele ser un suculento y elaborado plato que resalta tanto por su presentación como su esencia.
El mio era de lomo y la carne estaba tal cual me gusta, a medio hacer, jugosa y bien hecha al exterior. Prácticamente llamaba a ser acomañada por un buen vino tinto, pero ese día me decanté por la cerveza, que también acompaña adecuadamente el plato.
La carta es pequeña lo que facilita la elección. Me gusta que un restaurante se especialice porque normalmente significa que saben hacer mejor su trabajo. El chef Pascal hace una labor magnífica a mi modo de ver.
Ahora un consejo: el plato es grande, incluso para mi voraz apetito y dado que abren es por la noche puede resultar muy pesado para una sola persona, la recomendación, que allá amablemente sugirieron, es la de compartir.
Así que si quieren ir toca que se paseen por la noche en el centro. No es tan terrible como mucha gente lo pinta y la Candelaria en la noche tiene su encanto.
Queda sobre la Calle 12, la misma que va al Externado y cerca de la esquina de la 4a, que es la que uno coge para ir a la Luis Angel Arango de norte a sur.
domingo, 27 de febrero de 2011
Fornalla - A la caza del pato 2
En este largo recorrido gourmet se topa uno con joyas cada cierto tiempo. Uno pensaría que los buenos restaurantes quedan en las zonas más conocidas de la ciudad como la T o Usaquén o la zona G; pero eso es un mito como lo demuestra Fornalla.
Este restaurante queda nada menos que en Teusaquillo, barrio que gozara antaño de gran prestigio pero hoy pocas persona quieren vivir en casas tan grandes. Se prestan eso si para ser remodeladas y, como el caso de Fornalla (se pronuncia Fornala) o más bien su asociado Casanovas Boutique, convertirse en hoteles boutique.
No hablaré del hotel, que me pareció bonito pero si de la comida de este especial restaurante, con el cual tuvimos que hacer reserva con tiempo pero para el pato, que se agota con facilidad y cuya preparación requiere tiempo.
De entrada nos sorprendieron con un sabroso pan artesanal acompañado paté de la casa; lo despachamos rápidamente.
De plato fuerte obviamente la suprema de pato, que estaba como dice el menú: jugoso. Ya había dicho que este sabor es muy característico y con Fornalla me reitero en lo dicho, el pato es simplemente delicioso. De acompañamiento hubo dos guarniciones, un couscous y ensalada.
Miren ese delicioso cuero del pato, luce espectacular.
Para bañar los platos nada mejor que el vino de la casa, recomendado e importado por su propio chef, el cual lo atiende a uno personalmente, cosa que me gustó bastante. Fui entre semana y luego para trabajar da un poco de aprehensión volver medio entonado pero esa sensación del estómago lleno de delicias contrarresta cualquier preocupación.
De postre elegimos el plato degustación que trae tres de los innumerables postres de la carta y debo decir que todos estuvieron ricos, especialmente el parfait de chocolate. Tamaños perfectos, un postre debe ser la culminación del festín y como eramos 6...
No pedí espresso, asi que mi caza del espresso perfecto tendrá que esperar a la próxima vez que vaya y les aseguro que volveré... asi sea a su gastro-market, con muchas preparaciones para llevar a casa.
¿Y los precios? constaten ustedes mismos la carta. A mi me parece que por el servicio y la calidad de la comida son más que razonables. Y sin van, que les muestren los cuartos del hotel, si no viviera en Bogotá me hospedaría unos días que quiera descansar y comer bien y nada más.
Este restaurante queda nada menos que en Teusaquillo, barrio que gozara antaño de gran prestigio pero hoy pocas persona quieren vivir en casas tan grandes. Se prestan eso si para ser remodeladas y, como el caso de Fornalla (se pronuncia Fornala) o más bien su asociado Casanovas Boutique, convertirse en hoteles boutique.
No hablaré del hotel, que me pareció bonito pero si de la comida de este especial restaurante, con el cual tuvimos que hacer reserva con tiempo pero para el pato, que se agota con facilidad y cuya preparación requiere tiempo.
De entrada nos sorprendieron con un sabroso pan artesanal acompañado paté de la casa; lo despachamos rápidamente.
De plato fuerte obviamente la suprema de pato, que estaba como dice el menú: jugoso. Ya había dicho que este sabor es muy característico y con Fornalla me reitero en lo dicho, el pato es simplemente delicioso. De acompañamiento hubo dos guarniciones, un couscous y ensalada.
Miren ese delicioso cuero del pato, luce espectacular.
Para bañar los platos nada mejor que el vino de la casa, recomendado e importado por su propio chef, el cual lo atiende a uno personalmente, cosa que me gustó bastante. Fui entre semana y luego para trabajar da un poco de aprehensión volver medio entonado pero esa sensación del estómago lleno de delicias contrarresta cualquier preocupación.
De postre elegimos el plato degustación que trae tres de los innumerables postres de la carta y debo decir que todos estuvieron ricos, especialmente el parfait de chocolate. Tamaños perfectos, un postre debe ser la culminación del festín y como eramos 6...
No pedí espresso, asi que mi caza del espresso perfecto tendrá que esperar a la próxima vez que vaya y les aseguro que volveré... asi sea a su gastro-market, con muchas preparaciones para llevar a casa.
¿Y los precios? constaten ustedes mismos la carta. A mi me parece que por el servicio y la calidad de la comida son más que razonables. Y sin van, que les muestren los cuartos del hotel, si no viviera en Bogotá me hospedaría unos días que quiera descansar y comer bien y nada más.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Les Halles
En esto de andar mirando restaurantes no niego la enorme influencia que ha tenido Anthony Bourdain, sobretodo porque el tipo escribe bien, tiene su vena literaria y además disfruta de la comida (tan flaco que está y miren).
Me gustó e inquietó sobretodo el programa que le dedicó a los bloggers de comida como yo (foodies que llaman) donde no ocultó su desprecio por aquellos que elevan la comida más allá de lo que es a la vez que mostró mejor actitud respecto a aquellos que son sinceros en sus aproximaciones.
Su libro Kitchen Confidential es una mirada profunda a los ires y venires de los chefs y restaurantes y lo ingrata que puede ser la profesión. Yo mismo he visto como sus historias son perfectamente trasladables a Colombia.
Bourdain es también un foodie aunque se puede dar el lujo de hacerlo a escala planetaria, yo más modestamente trato de hacerlo en Bogotá aunque he hecho mis pinitos internacionales... y de hecho para innaugurar de manera internacional el blog y jugar con la ironía de la vida a continuación hablo de mi visita a Les Halles, el restaurante de Anthony Bourdain.
Comencemos por decir que hay dos sedes de Les Halles en Manhattan pero el presupuesto solo alcanzó para ir a una, a la cual invité a mi hermanita a cenar: la de Downtown.
El ambiente era el típico de restaurante francés pues se supone que es una brasserie: un restaurante algo más formal que el bistró pero no tan refinado como uno clásico. La reservación la hice desde Bogotá por si las moscas pero me di cuenta que aún sin reservación habríamos conseguido mesa (a propósito No Reservations es el nombre del programa de Bourdain).
Una vez sentados pedimos un par de martinis (hey estamos en la capital del martini, asi que comencemos con un Cosmopolitan).
La carta no es tan extensa pero aún así hay demasiadas opciones; nos fuimos por la deliciosa terrine maison para compartir (que es como un paté que combina cerdo, ternera y conejo) para probar el toque francés del lugar.
Seguidamente mi hermana pidió carne: el plato famoso en Les Halles es la sencilla carne con papas fritas, sobretodo las papas que son consideradas unas de las mejores del mundo y las hacen con aceite de maní. Yo pedí el steak a la pimienta que simplemente es una variación del pedido por mi hermana. Debo decir que no sé si sea porque me creo el cuento o porque tenía hambre pero de verdad esas papas saben a gloria y la carne estaba muy jugosa y bien hecha.
Para bañar los platos fuertes pedimos sendas copas de vino rosado, que hace rato se viene valorizando cuando hace apenas 10 años era despreciado y le quedaron muy bien. Adicionalmente viene ensalada la cual no resultó tan excitante como el resto de platos pero estaba bien.
De postre optamos por un clásico francés, crêpe suzette, el cual desde niño añoraba ver preparado a la manera que lo hace el mayordomo Coleman en Trading Places (De Mendigo A Millonario). Y justo así nos lo prepararon, tal vez fue la nota más interesante de la noche porque realmente todo el mundo disfruta ver ese pequeño show culinario.
Hay que agregar que el sabor y la textura me parecieron fuera de este mundo...realmente era como me lo imaginaba, exquisito a más no poder y por eso me alegro de haber pedido champagne para acompañarlo.
Nota curiosa: la champagne de Les Halles es Tattinger. Compré una botella unos años antes en un viajecito por California y que aparece en este post: procastinando el placer.
Para rematar, como siempre, la búsqueda del espresso perfecto y el de Les Halles está muy bien preparado.
En conclusión, es una experiencia que vale la pena si pasan por NY. Y si han leído o visto el programa de don Bourdain la visita tendrá mucho más sentido; su restaurante sale deliciosamente bien librado.
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Su libro Kitchen Confidential es una mirada profunda a los ires y venires de los chefs y restaurantes y lo ingrata que puede ser la profesión. Yo mismo he visto como sus historias son perfectamente trasladables a Colombia.
Bourdain es también un foodie aunque se puede dar el lujo de hacerlo a escala planetaria, yo más modestamente trato de hacerlo en Bogotá aunque he hecho mis pinitos internacionales... y de hecho para innaugurar de manera internacional el blog y jugar con la ironía de la vida a continuación hablo de mi visita a Les Halles, el restaurante de Anthony Bourdain.
Comencemos por decir que hay dos sedes de Les Halles en Manhattan pero el presupuesto solo alcanzó para ir a una, a la cual invité a mi hermanita a cenar: la de Downtown.
El ambiente era el típico de restaurante francés pues se supone que es una brasserie: un restaurante algo más formal que el bistró pero no tan refinado como uno clásico. La reservación la hice desde Bogotá por si las moscas pero me di cuenta que aún sin reservación habríamos conseguido mesa (a propósito No Reservations es el nombre del programa de Bourdain).
Una vez sentados pedimos un par de martinis (hey estamos en la capital del martini, asi que comencemos con un Cosmopolitan).
La carta no es tan extensa pero aún así hay demasiadas opciones; nos fuimos por la deliciosa terrine maison para compartir (que es como un paté que combina cerdo, ternera y conejo) para probar el toque francés del lugar.
Seguidamente mi hermana pidió carne: el plato famoso en Les Halles es la sencilla carne con papas fritas, sobretodo las papas que son consideradas unas de las mejores del mundo y las hacen con aceite de maní. Yo pedí el steak a la pimienta que simplemente es una variación del pedido por mi hermana. Debo decir que no sé si sea porque me creo el cuento o porque tenía hambre pero de verdad esas papas saben a gloria y la carne estaba muy jugosa y bien hecha.
Para bañar los platos fuertes pedimos sendas copas de vino rosado, que hace rato se viene valorizando cuando hace apenas 10 años era despreciado y le quedaron muy bien. Adicionalmente viene ensalada la cual no resultó tan excitante como el resto de platos pero estaba bien.
De postre optamos por un clásico francés, crêpe suzette, el cual desde niño añoraba ver preparado a la manera que lo hace el mayordomo Coleman en Trading Places (De Mendigo A Millonario). Y justo así nos lo prepararon, tal vez fue la nota más interesante de la noche porque realmente todo el mundo disfruta ver ese pequeño show culinario.
Hay que agregar que el sabor y la textura me parecieron fuera de este mundo...realmente era como me lo imaginaba, exquisito a más no poder y por eso me alegro de haber pedido champagne para acompañarlo.
Nota curiosa: la champagne de Les Halles es Tattinger. Compré una botella unos años antes en un viajecito por California y que aparece en este post: procastinando el placer.
Para rematar, como siempre, la búsqueda del espresso perfecto y el de Les Halles está muy bien preparado.
En conclusión, es una experiencia que vale la pena si pasan por NY. Y si han leído o visto el programa de don Bourdain la visita tendrá mucho más sentido; su restaurante sale deliciosamente bien librado.
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